LA CARA AMABLE DEL VINO por Javier Pérez Andrés

Habrá que buscársela. La tuvo en el pasado y no debe perder esa cara de proximidad que tiene el vino con el consumidor. Pocos productos culturales tienen una raíz tan fuerte como el fruto de la vid. Antes de las denominaciones de origen, del lenguaje de la cata y de que se inventara la palabra enoturismo, el vino – el de tu pueblo, el de tu comarca – era una referencia que llevabas en la mochila de por la vida. En la mayor parte de las ocasiones, el vino ni siquiera conoció una botella de cristal, y mucho menos una etiqueta. Pero era tu vino. Y sabías, a ciencia cierta, quien lo elaboraba, con nombre y apellidos. En casa, la familia, conocía con certeza el majuelo, el pago, la ladera, el tipo de uva y hasta las horas de sol que pegaban en aquel viejo terruño de aldea.
Sin duda, todo esto marcaba las características organolépticas y, sin saberlo, todos diferenciábamos mezclas de uvas, tipos de suelo, limpieza en la elaboración y aromas que antes llamábamos vinosos y que tenían un importante componente frutal en el primer año. Por lo tanto, las cosas no han cambiado tanto. Seguimos igual. Eso sí, con más lujo de detalles: conocemos la bodega, el pago, la variedad, el tipo de roble, el enólogo y, además, cuando adquirimos el vino, nos añaden todo lujo de detalles en una información pormenorizada que incluye analítica, cata y descripción.
Pero todavía hay hoy muchas bodegas que se empeñan en olvidar la cara amable del vino y- por no sé qué motivo – a la hora de saber quién es el dueño, el propietario y los bodegueros, no hay manera de que aparezcan en escena. Tratándose de un vino “de diario”, posiblemente tenga poca importancia. Pero cuando se pagan unos buenos euros por una botella, el consumidor tiene derecho a saber quién está detrás. El vino tiene mucha seña de identidad y de referencia geográfica, y en esto sigue inalterable como fenómeno cultural.

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